«Agridulce». Esa palabra se repitió ayer en la eucaristía con la que la Compañía de Jesús decía adiós a la parroquia de San Esteban del Mar, tras 59 años de tenerla encomendada. Una celebración que no pudo menos que combinar la gratitud y la serenidad ante pasos que van siendo necesarios para la Compañía de Jesús, con el pesar por la marcha. Comenzó la celebración con unas palabras de Manolo Carrera, el párroco actual, dando la bienvenida e invitando a vivir con sentido y fe este nuevo paso. En su homilía, el arzobispo Don Jesús Sanz tuvo palabras de afecto, reconocimiento y aprecio para la labor de los jesuitas en Asturias, una labor que continúa en las instituciones que sigue teniendo encomendadas; a la vez invitó a la comunidad parroquial a continuar siendo una comunidad viva, desde ahora encomendada al clero diocesano. El provincial, Enric Puiggròs, también quiso, en la acción de gracias, dirigirse desde la gratitud y el aliento a la comunidad parroquial, a la vez que recordó la misión de tantos compañeros jesuitas que a lo largo de las últimas décadas han puesto tanto esfuerzo, dedicación y compromiso en juego. Insistió el provincial en la idea de que aunque cambien algunas presencias, continúa la vida de la comunidad, y urgió a los parroquianos de San Esteban a cuidar sus carismas, sus liderazgos y a ponerlos al servicio de un proyecto que continúa.
La Eucaristía contó con la participación de muchos parroquianos habituales, y además con la presencia de muchas personas vinculadas a la misión de la SJ en Asturias, trabajadores del Gedo, de la Inmaculada y el San Ignacio, miembros de CVX, antiguos alumnos… Un coro de gente de Oviedo y Gijón acompañó la celebración.
Al terminar, pudimos compartir un vino y un tiempo de convivencia y encuentro en el patio del Gedo.
Reproducimos parte de las palabras de Manolo Carrera, que son un buen testimonio de lo vivido y sentido en esta despedida.
Además de la bienvenida, a todos queremos daros también las gracias por querer compartir con nosotros la eucaristía, que es, creo yo, la mejor manera de agradecer a Dios tanto don recibido a lo largo de los años que hemos tenido la suerte de acompañarnos, atendiendo a los signos de los tiempos –de cada tiempo- y buscando juntos caminos para vivir el Evangelio, convencidos de que es el único que nos da plena garantía de que el mundo que compartimos puede ser mejor y más feliz para todos.
Con frecuencia se dice que las despedidas suelen dejar una sensación agridulce, pues en ellas volvemos a pasar por la mente y el corazón muchos momentos importantes compartidos, alegrías y penas que se multiplican -las primeras- cuando se comparten- y que se mitigan -las segundas- cuando se acompañan. Pero cuando lo hacemos en torno a la mesa de la Eucaristía, no cabe -no debe caber- la tristeza. Nos lo han recordado muchos domingos los niños y niñas de catequesis de primera comunión cuando entonaban como canción de entrada la que dice que “La misa es una fiesta muy alegre”, porque “la misa es una fiesta con Jesús”, y si es Jesús quien nos invita a su mesa no puede haber tristeza. Mateo y Marcos nos transmiten en su evangelio ese pensamiento cuando recogen aquellas palabras del Señor que nos recuerdan que los amigos del novio no pueden estar tristes mientras el novio está con ellos (Mt 9,15). Y ciertamente Él está con nosotros, y seguirá estando, aunque los jesuitas tengamos que marcharnos, convocando a esta comunidad e invitándola a sentarse a su mesa, para reponer fuerzas y seguir adelante con la misión evangelizadora que como bautizados hemos asumido.
No nos quedemos, pues, en el lamento, aunque a todos nos apene la despedida, sino que de verdad nuestra celebración sea acción de gracias -que tantas veces se nos recuerda que es lo que significa Eucaristía- alegre y agradecida por la rica historia que hemos podido compartir durante casi sesenta años y, en mi caso, casi diez como párroco, a los que sumo los siete que estuve como vicario parroquial, antes de mi destino a Badajoz, hace veinte años, y por los que doy gracias a Dios.
Cuando nos instalamos en el lamento y la queja, no avanzamos. Y no están los tiempos como para malgastar energías cayendo en el pesimismo al que suelen llevarnos las nostalgias estériles.
Decía al comenzar que nos están todos los que son. Y en esas ausencias no quiero olvidarme de quienes forman lo que muchas veces he llamado la “Parroquia invisible”, que son los ancianos ya con pocas fuerzas para desplazarse a las celebraciones o los enfermos y quienes con tanta dedicación y cariño los cuidan cada día. Sé, porque me lo dicen, que agradecen nuestro recuerdo y oraciones y sé que también ellos nos sostienen con las suyas, a la vez que les ayuden a seguir sintiéndose parte de la comunidad. Pidamos para que siga siendo así y encomendemos también esta nueva etapa de San Esteban de la mano con Santa Olaya, abiertos siempre a acoger lo que Dios vaya disponiendo, sin olvidar que nada de lo que nos venga de Él puede ser malo. Que Él nos siga acompañando siempre y, como tantas veces le hemos pedido, que nosotros nos dejemos acompañar.





