El triduo Pascual en las Salesas terminó y la Pascua comienza con una preciosa vivencia de la Vigilia Pascual. Una celebración marcada por la sucesión de los cuatro símbolos, el fuego, la palabra, el agua y la eucaristía, que nos ayudan a poner nombre al Dios que es luz, que es Palabra, que es fuente de vida y que se nos da, por amor, hasta el final.
Una vez más las manos nos ayudaron a contemplar: manos de Pascua, que son, en este caso, señal de que pasión y resurrección van unidas. Son las mismas manos atravesadas que contemplábamos el Viernes Santo, pero ahora vencedoras. Son las mismas manos que parten el pan que contemplábamos el Jueves Santo, y que ahora serán reconocibles cada vez que alguien se da. Y son ahora las manos de los testigos, que apuntan a Jesús resucitado. Tanto, que aquí seguimos nosotros, hoy en día, confiando en su presencia.
Una celebración cuidada y participada, en la que gracias al apoyo de un gran equipo de personas de distintas procedencias se ha podido completar un triduo lleno de sentido. Es momento de agradecer a tantas personas que hacen que algo así se pueda celebrar. La comunidad jesuita que lleva adelante el proyecto. Las personas que, en el templo, siempre cuidan de que todo resulte bien. Quienes leen habitualmente, y quienes estos días se han sumado. Quienes ponen la música. Los de aquí, y los que quisieron venir estos días para apoyar y sin quienes no hubiera sido posible una celebración así de viva.
MANOS DEL SABADO SANTO
Hay manos que apartan losas
para que entre la luz,
que doblan sudarios
para liberar vidas,
que levantan a quien llora
doblado por ausencias.
Manos que señalan amaneceres,
que encienden hogueras,
y en la brasa preparan
un banquete para todos.
Manos que bendicen
cuando bailan,
cuando juegan,
cuando escriben
e interpretan música
que trae el eco de Dios.
Manos que en los muros
abren puertas
y en los desiertos
riegan esperanzas.
Manos que, en un gesto,
hablan de amor.
Hay manos
que no pueden estar más llenas
de tanto vaciarse.



















